¿Por qué Cine Filosófico?

Ha pasado mucho tiempo desde que Cine Filosófico vio la luz en el 2007. Por aquel entonces, un servidor disfrutaba extrayendo el sentido filosófico (con la torpeza propia de la juventud) de todo tipo de obras cinematográficas, que de uno u otro modo se relacionaban con las grandes preguntas filosóficas. Pero no sería hasta mucho tiempo después, en 2011, cuando una investigación académica orientada al campo de la educación me llevó a profundizar en el estrecho vínculo que existe entre la filosofía y el cine. Fue entonces cuando este blog cobró una mayor justificación para mí. Pero ¿en qué sentido pueden estar relacionados el cine y la filosofía? No es que el séptimo arte dependa en modo alguno del corpus filosófico para encontrar una justificación. El cine se basta a sí mismo para ello. Los temas con raigambre filosófica están ahí, presentes en nuestra vida cotidiana. Solo hace falta que algunos guionistas y realizadores tengan el suficiente interés y la sensibilidad artística necesaria para plasmarlos en sus obras.

El buen maridaje entre cine y filosofía no ha pasado inadvertido, y de hecho, muchos docentes proyectan películas o escenas en el aula desde hace mucho tiempo. Pero en mis pesquisas observé que lo más habitual era acudir a un film concreto para ejemplificar una idea, un concepto, etc. El cine se convertía en una herramienta pasiva, usada para añadir un poco de colorido al típico ejemplo que un profesor pone en clase al explicar un concepto o teoría. Yo quería ir más allá, y desarrollar aquella intuición, todavía confusa, que tuve al crear este blog, encontrando las razones por las que el cine puede ayudar a comprender verdades filosóficas, y a su vez, la filosofía puede ayudar a extraer todo su sentido a todo tipo de obras cinematográficas.

A continuación puedes consultar alguno de los artículos sobre películas filosóficas disponibles en este blog, o profundizar un poco más en la justificación teórica de la relación entre cine y filosofía.

Por último, es mi deseo recordar al lector que los artículos son ensayos libres y subjetivos. El análisis de las películas no es (ni pretende ser) el único plausible. En filosofía no existe un único paradigma. Las obras cinematográficas son documentos abiertos a posibles interpretaciones que suelen escapar incluso a la intención del propio director. Lo interesante, más que las conclusiones, son las posibilidades metodológicas de un análisis filosófico.

El cine y la caverna, o sobre la falsa dicotomía entre verdad y ficción

La filosofía se ha autoproclamado como la disciplina suprema del conocimiento durante buena parte de la historia del mundo occidental. Posteriormente las ciencias vendrían a reemplazar su pretensión de discurso verdadero y último acerca de la realidad. El problema es que la ciencia acota la realidad en parcelas que se convierten en objeto de estudio de disciplinas muy específicas. La filosofía, sin embargo, presenta la ventaja de ofrecer sistemas, visiones unificadas (hasta cierto punto) de la realidad que permiten ofrecer una panorámica más amplia. En la actualidad, tanto la filosofía como las ciencias han ido abandonando progresivamente su fundamentismo: ese afán por establecer principios y verdades absolutas, inmutables y atemporales. La verdad es histórica.

Como en las pinturas de Magritte, el juego del sentido tiene lugar con independencia de que lo representado tenga o no un referente en el mundo realPero todavía hoy, algunas ramas de la filosofía siguen exhibiendo esa prepotencia epistemológica. Si la filosofía ha tratado de establecerse como garante y salvaguarda de lo verdadero, el cine, sin embargo, trata sobre lo verosímil. La verosimilitud refiere a lo probable o posible, y en el campo del séptimo arte, lo que podría ocurrir. Los profes de filosofía podrán poner pelis a sus alumnos en clase, pero sigue persistiendo una especie de aire de superioridad académico hacia expresiones artísticas como el cine, máxime cuando este se asocia con algo tan "impuro" como es el espectáculo. La literatura también se circunscribe en el campo de lo verosímil. Y a diferencia del cine, tiene la ventaja de haber convivido durante siglos con la filosofía. Y no olvidemos que Platón llegó a proponer la expulsión de los poetas de la ciudad.

Incluso en géneros como la fantasía o la ciencia-ficción se le pide al espectador que imagine un mundo alternativo (espacial o temporal) donde lo que se narra, pese a ser abiertamente falso, podría suceder. Sabemos que nadie puede volar como Neo en Matrix. Pero mientras visionamos el film podemos imaginar que si se cumplen las condiciones descritas (realidad virtual, leyes prescritas por un lenguaje de programación que pueden ser eludidas, etc.) podría suceder, o al menos, no sería del todo imposible. Si la película no consigue del espectador esa especie de buena voluntad, ese principio de caridad,  no existe un verdadero encuentro entre el público y la obra.

Para Platón, la caverna representa el mundo de las apariencias, mientras que el exterior es el mundo de lo real


La propia alegoría de la caverna parece una anticipación del invento de los Lumière: hay unos espectadores sentados en fila, un foco de luz a sus espaldas, unos objetos que pasan ante la fuente de luz y unas imágenes fantasmagóricas que se proyectan en una superficie plana. La filosofía habría mirado con aires de superioridad a los discursos sobre lo verosímil. Pero el mismo Aristóteles decía que "... poseer el hábito de la comprensión penetrante de lo verosímil es propio del que también lo tiene frente a la verdad". La hermenéutica nos ha enseñado que los discursos, ya sean veraces o ficticios, forman parte de algo más general. La función narrativa (Ricoeur) nos ayuda a configurar, vertebrar y dar sentido a la experiencia.

Por otro lado, la filosofía y la ciencia también acuden a todo tipo de ficciones. Los experimentos mentales, por ejemplo, no son otra cosa que un relato que juega con las posibilidades lógicas y/o empíricas de una situación imaginaria (verosímil). En este caso se trata literalmente de narraciones imaginarias. Pero existen otros ejemplos más sutiles. La ficción se aloja hasta en la precisión de las matemáticas. A no ser que uno se confiese abiertamente platónico, el número 1, o cualquier otra cifra, carece de referente en el mundo real. Es una abstracción. Los números son ficciones lógicas empleadas para alcanzar verdades matemáticas.

Si no existen fronteras fiables entre entre verdad y ficción, no hay incompatibilidad alguna entre la filosofía y el cine. Ambos tipos de discurso, ambas modalidades de lenguaje nos ayudan a interpretar y configurar la realidad.

La dimensión emocional en el cine

Las armas del filósofo son los argumentos. Y según Aristóteles, los hay de tres tipos:

  • Centrados en el carácter del hablante (ethos)
  • Enfocados a suscitar determinado estado de ánimo en el público (pathos)
  • Otros, volcados sobre el mismo discurso (logos)
Los argumentos del último tipo son los racionales, "volcados sobre el mismo discurso", es decir, en su consistencia lógica. El logos, o discurso racional, ha sido el método por excelencia de la filosofía, mientras que el pathos, o la dimensión emocional, ha sido algo reiteradamente apartado de la actividad del filosofar.La tradición filosófica ha ignorado a las emociones, con honrosas excepciones (Hume, Rousseau, Schopenhauer, Nietzsche...). Pero hay ciertas ramas de la filosofía donde las emociones juegan un papel fundamental. Hablamos de la ética. Todavía hoy se dice, desde algunas corrientes filosóficas, que existen valores éticos objetivos que funcionan como axiomas. La única ética que cabe para estos filósofos se reduce a la deducción de consecuencias a partir de esos axiomas. Como si la ética fuera un sistema lógico o matemático. Pero ¿alguien puede negar la importancia para la ética de facultades emotivas como la empatía sin incurrir en todo tipo de absurdos?

El cine pone al espectador en situación, le zarandea mediante todo tipo de emociones. Nadie encontrará en un film un tratado de lógica (ni tan siquiera en el género documental). Lo que sí podemos encontrar en una buena película es un intenso entramado de emociones que ayudan a comprender una historia. Sí... ¡Las emociones tienen valor cognitivo! El cine es, por tanto, un buen complemento para contrarrestar la asepsia emocional a la que tiende la filosofía por deformación profesional. Especialmente si lo que narra la obra cinematográfica guarda alguna relación con la ética.

"Así en la tierra como en el cielo"

No. No hablo ahora de religión. ¡Dios me libre! Es una pequeña broma. Hablo de la ruptura entre lo particular y lo universal. El cine nos muestra historias concretas, particulares; la filosofía trata sobre lo abstracto, y sus conclusiones suelen tener pretensiones de universalidad. Esto también guarda relación con la distinción anterior entre lo emotivo (pathos) y lo racional (logos). 

La razón es abstracta, universalizadora, y procede por generalización, mientras que las emociones tienen serios problemas para trascender lo particular. Pensemos en alguna situación con una gran carga emocional, como el holocausto perpetrado por los nazis. Si tratamos de compadecernos por los sufrimientos del pueblo judío en los campos de exterminio, experimentaremos un sentimiento vago de tristeza. No obstante, si observamos las imágenes de alguno de los múltiples documentos gráficos de dicha tragedia, si contemplamos los cuerpos famélicos y los rostros desencajados de quienes padecieron todo tipo de suplicios en Auschwitz o Treblinka, sentimos una emoción mucho más intensa. "El pueblo judío" es un concepto abstracto que refiere a un colectivo concreto, y que en este contexto remite a una parte de ese colectivo que vivió todo tipo de desgracias. Esa persona que me mira con desesperación desde el otro lado de la pantalla es alguien con nombre y apellidos, que vivió su vida con los mismos anhelos y preocupaciones que yo. Las emociones no pueden aplicarse a los conceptos abstractos o generales, porque la abstracción y la generalización se corresponden con la facultad de la razón. En el terreno de la ética, existe un sesgo, un salto epistemológico, desde los valores abstractos a las situaciones concretas donde hay que tomar decisiones guiándonos por aquellos.

Cuando veo La zona gris o La lista de Schindler puedo experimentar la emoción del sufrimiento particular de los personajes que aparecen en pantalla. Empatizo con ellos. Pero, ahí viene la grandeza del cine y su lenguaje metafórico, esas emociones también me trasladan a una comprensión más profunda de los padecimientos del pueblo judío. Puedo ascender en la abstracción y plantearme preguntas cada vez más abstractas, acerca de la histeria colectiva que llevó a Alemania a apoyar a un desequilibrado como Hitler, por ejemplo. Y de seguir, acabaría planteándome preguntas estricta y genuinamente filosóficas, sobre la naturaleza de la crueldad humana, o sobre la banalidad del mal, por ejemplo. Puedo subir todos los peldaños en la escala y conectar lo terrenal (particular) con el cielo de los conceptos abstractos (universal) en una gran síntesis. Si lo que el film cuenta relevante, con los instrumentos de análisis propios de la filosofía (y a menudo, incluso sin ellos), llegaré a plantearme alguna cuestión relevante acerca de la condición humana.



Esta idea no es nueva. Está presente en el Schiller de las Cartas sobre la educación estética del hombre. De la razón humana solo se siguen leyes; de la sensibilidad, casos. Para Schiller, la razón, unificadora, ejerce violencia sobre la diversidad irreductible de los fenómenos en la realidad. La cuestión interesa, de nuevo, a la ética. La preponderancia de la razón conduce a la rigidez moral propia de la época de la Revolución Francesa. La reflexión schilleriana está del lado de los principios democráticos y el respeto a la pluralidad.

En el campo del arte se construiría, según Schiller, un espacio neutral, donde confluirían ambas facultades, sin el afán instrumentalizador propio de la razón, y sin la limitada orientación a la supervivencia propia de la sensibilidad. Una educación que reserva un espacio relevante para el arte (en este caso, el cine) permitiría un desarrollo integral del individuo.



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